¿Cómo lee nuestro cerebro?, por Carlos Alejandro Logatt Grabner

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La escritura tiene aproximadamente 5000 años de existencia y este tiempo es, desde el punto de vista de la evolución, demasiado corto como para permitir que nuestro cerebro haya mutado para adaptarse a esta nueva necesidad de leer y escribir.

Una posible solución a este enigma es considerar que las letras que conforman las palabras de los diferentes idiomas han evolucionado para acomodarse a condiciones o cualidades ya presentes en nuestra biología.

Esta propuesta parece ser correcta, según Mark Changizi, neurobiólogo evolutivo, investigador y director de Cognición Humana en 2AI Labs, para quien los sistemas de escritura desarrollados en toda la historia de la humanidad se sustentan en el mismo conjunto de formas básicas.

Estudios realizados en monos macacos demostraron que estos presentan neuronas en su sistema visual que ya son capaces de detectar estas formas que se presentan habitualmente en el mundo natural.

Nosotros sólo reciclamos estas formas y el área correspondiente de la corteza cerebral (capa de neuronas que recubre la superficie externa del cerebro) encargada de su detección para convertirlas en símbolos con los que construimos los diferentes idiomas.

Algunos ejemplos de formas presentes en el mundo natural que se correlacionan con letras son:

  •  La letra S con los meandros (curvas) de un río.
  •  La letra Y con las bifurcaciones de las ramas.
  •  La letra O con la luna.
  •  La V con pájaros volando.
  •  La P con un caracol.
  •  La X con dos palmeras cruzadas.

Por ello, en el aprendizaje de la lectoescritura el cerebro no es una tabla rasa como se consideraba antes, sino que recicla circuitos neuronales presentes con anterioridad.

Lo fascinante es que esta área cerebral es la misma que se enciende, sin importar cual sea el idioma que se aprenda (inglés, español, hebreo, chino, latín, etc.) o hayamos aprendido a leer por métodos fonológicos u holísticos.

En personas analfabetas, se pudo comprobar que esta área antes se especializaba en el reconocimiento de rostros, objetos y escenas con independencia de la iluminación presente.

Esta región ha sido bautizada con el nombre de “área visual de la forma de la palabra” (VWFA del inglés «Visual Word Form Area») y es la que siempre se activa cuando leemos; se ubica en la base del lóbulo temporal del hemisferio izquierdo.

Los niños aprenden a leer con mayor facilidad si se les enseña letra por letra que si se hace por medio de palabras completas, pues sus cerebros se hallan equipados para reconocer ciertas formas naturales elementales por separado y no integrando un conjunto mayor.

Áreas cerebrales implicadas en la lectura:

En su libro Las neuronas de la lectura, Stanislas Dehaene, del Collège de France en París, indica cuáles son las áreas cerebrales implicadas en la lectura.

Cuando vemos un texto, se enciende primero la corteza visual, ubicada en el lóbulo occipital. Luego hay que identificar las letras encadenadas; para ello se activa una zona ubicada en la frontera entre las corteza occipital e inferotemporal (área de asociación) que es el área especializada en palabras escritas.

La información toma luego dos caminos:

  1. Hacia el lóbulo temporal superior izquierdo en donde se traducirán las palabras en sonidos.
  2. Hacia el lóbulo temporal medial izquierdo en donde en donde se decodificará el significado de un vocablo.

El área de Broca, además de encargarse del habla, se halla también implicada en el análisis de oraciones complejas.

hemisferio-izquierdo

En consecuencia, los métodos de enseñanza de la lectoescritura deberían tener en cuenta estas nuevas investigaciones de las neurociencias.

Por ello, en el aprendizaje de la lectura debería dejarse de utilizar el método holístico que enseña a través de palabras completas y en su lugar usar fonemas (sonidos) y grafemas (letras). Pues este método es el que mejor guarda correlación con el modo que tiene el cerebro de reconocer palabras escritas. El cerebro para leer una palabra la descompone en las letras que la integran, pero no de forma secuencial, sino en paralelo y a gran velocidad, algo que crea en nosotros la ilusión de que leemos la palabra en forma completa.

Secuencial:

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Paralelo:

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La lectura holística incluso podría ser perjudicial, ya que reorientaría el aprendizaje hacia el hemisferio derecho en una región que es simétrica al área ubicada en le hemisferios izquierdo, pero que es inadecuada para llevar a cabo esta función dificultando así el aprendizaje.

En la actualidad, los métodos didácticos apuntan en todos los casos hacia la superioridad de las técnicas basadas en grafemas y fonemas.

En los adultos la lectura se ha vuelto tan automática que nos pasa desapercibida la increíble actividad que nuestros cerebros están realizando. Sin embargo, si nos detenemos a observar a los niños mientras aprender a leer, es conmovedor ver la emoción que reflejan cada vez que logran descifrar una palabra nueva, siendo ellos los mejores testimonios de la maravillosa neuroplasticidad de nuestro cerebro que nos lleva a que podamos leer.

 

* Este artículo ha sido extraído de la web de la Asociación Educar. Podéis acceder a la publicación original a través de este enlace.

 

Carlos Alejandro Logatt Grabner es Presidente de la Asociación Educar. Durante los últimos 19 años se ha dedicado a la investigación independiente teórica en el área de las neurociencias y de otras disciplinas científicas afines (genética, memética, evolución, medicina preventiva, nutrición, ecología, paleoantropología, etología, física cósmica, física cuántica y relativista, política y economía internacional), orientada a la comprensión y mejora de la calidad de vida. Podéis consultar su currículum completo en su perfil en Linkedin.

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